REPARTIDO PLATÓN

 


 
REPARTIDO PLATÓN

ANTECEDENTES DE LA FILOSOFÍA PLATÓNICA

Los presocráticos

Se considera "primeros filósofos" a los pensadores de distintas ciudades de la antigua Grecia que, a partir del siglo VII a.C. hasta el V a.C, comenzaron a dejar de lado las explicaciones-mitológico religiosas. Y comenzaron a buscar un elemento (no divino) a partir del cual surgiera todo el orden universal (cosmos).Debido a esto sus teorías son denominadas cosmologías. Y, como la mayoría son anteriores a Sócrates, se le llama al conjunto de estos filósofos los "presocráticos". Entre ellos se destacan: Tales, Anaximandro y Anaxímenes, Heráclito, Parménides, Empédocles, Leucipo y Demócrito, entre otros.

Sofistas

Estos filósofos son los padres del “relativismo”: reivindicaron el carácter humano, cultural y subjetivo de la verdad. Para los sofistas la verdad absoluta no existe, es relativa, es producto de la sociedad, la época, el lugar. Es un producto humano: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

Esta concepción de la verdad despertó fuertes enemistades políticas. Porque la clase alta, beneficiada por las leyes y costumbres tradicionales, les atribuía a estas un origen divino (pensamiento mitológico). De manera que los sofista enfrentaron abiertamente a la tradición, en nombre de la “razón” como la mejor forma para guiar las acciones y decisiones humanas, frente a la falta de una verdad absoluta.

La “retórica”, el arte de argumentar, de presentar adecuadamente las razones para convencer en la asamblea u otros ámbitos, fue a lo que se dedicaron estos pensadores. Lo más escandaloso fue que cobraran por ello.

En el contexto ateniense del siglo V, con un régimen de democracia directa, la palaba se torna en un arma para combatir con argumentos en las asambleas. Un arma para hacer prevalecer ciertos puntos de vista, sobre otros que pretendían pasar como absolutos, pero que no tenían una justificación racional, solo estaban basados en la tradición. Por eso los sofistas tuvieron una gran relevancia.

Sócrates

“Imaginemos que estamos a fines del siglo V antes de Cristo y que caminamos por las calles de Atenas. Es una gran ciudad para la época (probablemente unos cien mil habitantes) y eso se nota a cada paso: el mercado desborda de gente, numerosos ciudadanos entran y salen de los edificios públicos, el camino hacia el puerto hormiguea de comerciantes, de carretas cargadas de mercancía y de esclavos que transportan fardos. Si levantamos los ojos hacia la acrópolis vemos el Partenón, terminado de construir pocos años antes y (contra lo que muchos creen) pintado de colores estridentes. Es el imponente testimonio de un pasado glorioso pero definitivamente clausurado, ya que Atenas acaba de perder su puesto de primera potencia mundial. La ciudad viene de ser derrotada en una guerra, ha sido golpeada por dos epidemias de peste y ha sufrido una tiranía breve pero terrible que mató o envió al exilio a miles de ciudadanos. Todos esos golpes fueron duros y dejaron su marca. Pero los atenienses han sabido sobreponerse a la desgracia y poco a poco parecen retornar a los viejos buenos tiempos: la democracia es sólida, los negocios recuperan su ritmo, la paz social parece asegurada.

De pronto, en una esquina, un pequeño grupo de hombres forma un semicírculo en torno a un personaje estrafalario. El que habla es bajo de estatura, tiene un vientre movedizo y una nariz chata que estalla entre dos ojos demasiado separados. Va descalzo, tiene los pies sucios y la túnica en mal estado. En una palabra, es todo lo contrario de esos griegos apolíneos que nos muestran las estatuas. Ese hombre gesticula, mueve los brazos, señala impertinentemente con el dedo. Sus interlocutores pasan de la risa a la confusión, del interés a la furia, pero en ningún momento dejan de escucharlo. La mayoría de ellos son jóvenes bien vestidos y de físicos cuidados. Cualquier ateniense los reconocería como hijos de ciudadanos ricos. Y cualquier ateniense diría ante ese cuadro: "Ahí está Sócrates insistiendo con sus molestas preguntas”. (Pablo Da Silveira – Historias de filósofos)

El método de enseñanza socrático se llamaba "mayéutica", era el "arte de hacer parir los espíritus”. Se basaba en preguntar, y de las respuestas obtenidas por el discípulo formulaba nuevas preguntas. No busca “enseñar”, sino sacar la verdad que ya está en los espíritus (“Conócete a ti mismo”)

Sócrates solía adoptar una actitud de extrema humildad ante el conocimiento ("Solo se que no se nada"), y decía que quería aprender de su interlocutor. Entonces le realizaba abundantes preguntas, hasta que lo hacía contradecir. De esta manera, aparente sumisa, le refutaba sus ideas, y luego, en forma de preguntas, le hacia llegar a nuevas conclusiones.

Esto provocaba admiración y respeto en los jóvenes, quiénes agradecían que los liberara de los prejuicios infundados por la enseñanza tradicional. Muchos de esos jóvenes eran hijos de ciudadanos políticamente fuertes, lo que le atrajo enemigos poderosos, que lo consideraron un sofista más.

Sin embargo Sócrates, cuestionó el arte (retórica) que enseñaban los sofistas, por considerarlo una herramienta para el engaño; así como el hecho de se beneficiaran económicamente de ello.

 

PRINCIPALES DOCTRINAS DE PLATÓN

Teoría de los dos mundos: mundo ideal y mundo material

    Platón consideró que la realidad se divide en dos grandes géneros: el Mundo Sensible (también emplea con frecuencia la expresión “mundo visible”) y el Mundo Inteligible o Mundo de las Ideas. Lo absoluto al que él se refiere es precisamente este último ámbito de realidad. El Mundo Sensible es el conjunto de entidades que se ofrecen a los sentidos, realidades particulares, cambiantes, múltiples, que nacen, duran y mueren y se captan con los sentidos. El Mundo Inteligible o Mundo de las Ideas está poblado por entidades absolutas, universales, independientes, eternas, inmutables [:las "ideas"]; entidades que están más allá del tiempo y del espacio, y que se conocen mediante la parte más excelente del alma, la racional...

Según Platón, términos universales como los nombres comunes (“mesa”, “casa”...), los adjetivos (“bueno”, “bello”...) o los sustantivos abstractos (“virtud”, “belleza”, “bien”...) no se refieren directamente a las cosas individuales [materiales] que se ofrecen a los sentidos (esta mesa concreta, este hombre concreto, este cuadro bello concreto...) sino a entidades universales, como la Belleza, el Bien, el Hombre... Estas entidades o Formas son lo que tradicionalmente se denominan esencias [o "ideas"] de las cosas pero, desde su punto de vista, separadas de las cosas individuales [materiales], las cuales participan o imitan a dichas Formas [o "Ideas"] (la mesa concreta es mesa porque de algún modo participa de la Idea de Mesa...)

Teoría de las dos partes del ser humano: alma y cuerpo

    Al igual que todos los griegos, Platón, consideró que el alma es el principio que anima los cuerpos de los seres vivos, que les da vida y movimiento. Pero lo peculiar de su concepción se muestra en su visión del alma como principio de racionalidad y dotada de carácter divino. Para este autor el alma es la parte más excelente del hombre, gracias a ella podemos alcanzar la ciencia y realizar acciones buenas; el alma ―al menos la parte más excelente― nos vincula con el mundo divino y está dotada de un destino inmortal.

Teoría de la Reminiscencia (Recuerdo)

La teoría de la reminiscencia defiende la extraña tesis de que el alma, antes de entrar en el cuerpo, logra ver el mundo ideal. O sea que conoce las Ideas. Luego, cuando encarna en el cuerpo, olvida en parte dicho conocimiento. Pero es capaz de rememorarlo ante ciertos estímulos del mundo material,  y, sobre todo, ante la ayuda mayéutica de un maestro como Sócrates... La teoría de la reminiscencia es el complemento de la teoría socrática del conocimiento y de la enseñanza: enseñar no es introducir un conocimiento en la mente de un sujeto sino incitar al alumno a que descubra en su interior una verdad.

Tomado (y editado) de: https://www.e-torredebabel.com


 


Fragmentos del diálogo "Fedón"

- (Sócrates:) La muerte ¿es alguna cosa?

-Si, sin duda.

-¿No es la separación del alma y el cuerpo, de manera que el alma queda sola de un lado y el cuerpo solo del otro?

-Es verdad Sócrates.

-Que diremos de la adquisición de la ciencia? El cuerpo ¿es o no un obstáculo?... Voy a explicarme con un ejemplo. La vista y el oído ¿llevan alguna certidumbre. O tienen razón los poetas cuando en sus cantos nos dicen sin cesar que ni oímos ni vemos?

-Si, sin duda

-¿Cuándo encuentra entonces el alma verdad? Porque mientras busca con el cuerpo, vemos claramente que este cuerpo la engaña y la induce a error.

-Es cierto.

-¿No es por medio del razonamiento como el alma descubre la verdad?

-Si.

-¿Y no razona mejor que nunca cuando no se ve turbada por la vista ni por el oído, ni por el dolor ni por el placer, y cuando encerrada en si misma abandona el cuerpo, sin mantener con el relación alguna, en cuanto esto es posible, fijándose en el objeto de sus indagaciones para conocerlo?

-Perfectamente dicho

-¿Y no es entonces cuando el alma del filósofo desprecia el cuerpo y huye de él y hace esfuerzos para encerrarse en sí misma?

-Así me parece.

-¿Qué diremos ahora de ciertas cosas. Simias, como la justicia, por ejemplo? ¿Diremos que es algo o que no es nada?

-Diremos que es alguna cosa seguramente.

-¿Y no podemos decir otro tanto del bien y de lo bello?

-Sin duda.

-¿Pero has visto tú estos objetos con tus ojos?

-Nunca.

-¿Existe algún otro sentido corporal por el que hallas visto tú estos objetos de que estamos hablando, como la salud, la magnitud, la fuerza; en una palabra la esencia misma de todas las cosas, es decir aquello que ellas son en sí mismas?

¿Es por el cuerpo como se conoce la realidad de estas cosas? ¿O es cierto que cualquiera de nosotros que quiera examinar con el pensamiento lo más profundamente que sea posible lo que intente saber, sin mediación del cuerpo, se aproximará más al objeto y llegará a conocerlo mejor?

-Seguramente.

-Es cierto por consiguiente Simias, que los verdaderos filósofos se ejercitan para la muerte, y que esta no les parece de ninguna manera terrible. Piénsalo tu mismo.

-Si desprecian su cuerpo y desean vivir con su alma sola, ¿no es el mayor absurdo que cuando llega este momento tengan miedo, se aflijan y no marchen gustosos allí donde esperen obtener los bienes porque han suspirado toda su vida, que son la sabiduría y el verse libres del cuerpo, objeto de su desprecio? (...)

-¡Por Zeus!, si lo sería.

- (Cebes:) Sócrates, ...tú acostumbras a decirnos a menudo, de que el aprender no es realmente otra cosa sino recordar, y según éste es necesario que de algún modo nosotros hayamos aprendido en un tiempo anterior aquello de lo que ahora nos acordamos. Y eso es imposible, a menos que nuestra alma haya existido en algún lugar antes de llegar a existir en esta forma humana. De modo que también por ahí parece que el alma es algo inmortal...

- (Simias:) ¿cuáles son las pruebas de eso?

- (Sócrates:) Decimos que existe algo igual. No me refiero a un madero igual a otro madero ni a una piedra con otra piedra ni a ninguna cosa de esa clase, sino a algo distinto, que subsiste al margen de todos esos objetos, lo igual en sí mismo. ¿Decimos que eso es algo, o nada?

-Lo decimos, ¡por Zeus! -dijo Simmias-, y de manera rotunda.

-¿Es que, además, sabemos lo que es?

-Desde luego que sí -repuso él.

-¿De dónde, entonces, hemos obtenido ese conocimiento? ¿No, por descontados,... de haber visto maderos o piedras o algunos otros objetos iguales? ¿Acaso piedras que son iguales y leños que son los mismos no le parecen algunas veces a uno iguales, y a otro no?...

-¿Acaso desde que nacimos veíamos, oíamos, y teníamos los demás sentidos?

-Desde luego que sí.

-¿Era preciso, entonces, decimos, que tengamos adquirido el conocimiento de lo igual antes que éstos?

-Sí.

-Por lo tanto, antes de nacer, según parece, nos es necesario haberlo adquirido.

-Eso parece.

- Así que si, habiéndolo adquirido antes de nacer, nacimos teniéndolo, ¿sabíamos ya antes de nacer y apenas nacidos no sólo lo igual, lo mayor, y lo menor, y todo lo de esa clase? Pues el razonamiento nuestro de ahora no es en algo más sobre lo igual en sí que sobre lo bello en sí, y lo bueno en sí, y lo justo...De modo que nos es necesario haber adquirido los conocimientos de todo eso antes de nacer.

-Así es...

-¿Cuándo han adquirido nuestras almas el conocimiento de esas mismas cosas? Porque no es a partir de cuando hemos nacido como hombres.

-No, desde luego…

-Por tanto existían, Simmias, las almas incluso anteriormente, antes de existir en forma humana, aparte de los cuerpos, y tenían entendimiento...

-No tengo yo, pues, nada que me sea tan claro como eso...


Teoría política: el rey filósofo

La figura del rey-filósofo aparece como consecuencia de dos puntos de vista fundamentales en la filosofía política de Platón: su concepción autoritaria y su concepción intelectualista. Platón hereda de su maestro Sócrates la idea según la cual no se puede hacer el bien si no se tiene un conocimiento explícito de lo que es el bien. En el mito de la caverna se señala con claridad que sólo quienes hayan conocido la Idea de Bien podrán ser capaces de dirigir correctamente tanto los asuntos privados como los públicos. En la propuesta política no democrática y clasista de Platón los dirigentes deben educarse desde muy jóvenes en las distintas ciencias, en el esfuerzo físico, y en la práctica de la virtud, y cuando hayan alcanzado la madurez ―que Platón situaba en los cincuenta años― deberán encargarse de las tareas de gobierno aquellos que más se hayan acreditado en sus capacidades morales e intelectuales. De ese modo, el gobierno no estará en manos de unos dirigentes elegidos por la mayoría sino en manos de aquellos que han podido acceder al conocimiento de la ciencia verdadera y del Bien: los filósofos.

Tomado de: https://www.e-torredebabel.com

 

Fragmentos del diálogo “República” (libro VII): mito de la caverna

-(Sócrates) A continuación... imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto... [donde] unos hombres... transportan toda clase de objetos cuya altura sobrepasa la de la pared...

- (Glaucón) Qué extraña escena describes … y qué extraños prisioneros!

-Iguales que nosotros… porque, en primer lugar ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?

-¡¿Cómo?!, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas?...

-Entonces no hay duda... de que... no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras...

-Es enteramente forzoso …

-Examina, pues... Cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor … ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras…? ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?

-Mucho más

-Y, si se lo llevaran de allí a la fuerza, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida… una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

-No, no sería capaz…al menos por el momento.

-Necesitaría acostumbrarse, creo yo… Lo que vería más fácilmente serían, ante todo, las sombras, luego, las imágenes de hombres y de otros objetos reflejados en las aguas, y más tarde, los objetos mismos…Y por último, creo yo, sería el sol...

-Necesariamente...

-... Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de cárcel, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a ellos? -Efectivamente...

-Ahora fíjate en esto…: si, vuelto el tal allá abajo, ocupase de nuevo el mismo asiento, ¿no crees que se le llenarían los ojos de tinieblas como a quien deja súbitamente la luz del sol?

-Ciertamente ...

-Y, si tuviese que competir de nuevo con los que habían permanecido constantemente encadenados, opinando acerca de las sombras aquellas que, por no habérsele asentado todavía los ojos, ve con dificultad... ¿no daría que reír y no se diría de él que, por haber subido arriba, ha vuelto con los ojos estropeados, y que no vale la pena ni aun de intentar una semejante ascensión? ¿Y no matarían, si encontraban manera de echarle mano y matarle, a quien intentara desatarles y hacerles subir?

-Claro que sí...

-Pues bien... esta imagen hay que aplicarla... a lo que se ha dicho antes; hay que comparar la región

revelada por medio de la vista con la vivienda-prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol. En cuanto a la subida al mundo de arriba y a la contemplación de las cosas de éste, [simbolizan] la ascensión del alma hasta la región inteligible... En el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea del bien... la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas... soberana y productora de verdad y conocimiento... Tiene por fuerza que verla quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública.

-También yo estoy de acuerdo

-Pues …no te extrañes de que los que han llegado a ese punto no quieran ocuparse en asuntos humanos; antes bien, sus almas tienden siempre a permanecer en las alturas, y es natural

-Es natural, desde luego -dijo.

-¿No es natural y no se sigue forzosamente de lo dicho que ni los ineducados y apartados de la verdad son jamás aptos para gobernar una ciudad ni tampoco aquellos a los que se permita seguir estudiando hasta el fin…

-Es cierto -dijo.

-Es, pues,... labor de los fundadores [de la república], el obligar a las mejores naturalezas a que lleguen al conocimiento... más excelso y vean el bien y verifiquen la ascensión aquella; y, una vez que, después de haber subido, hayan gozado de una visión suficiente, no permitirles... que se queden allí... y no accedan a bajar de nuevo junto a aquellos prisioneros ni a participar en sus trabajos ni tampoco en sus honores, sea mucho o poco lo que éstos valgan.

-Pero entonces… ¿les perjudicaremos y haremos que vivan peor siéndoles posible el vivir mejor?

-...Les diremos que es natural que... en las demás ciudades no participen de los trabajos de ellas, porque se forman solos... Pero a vosotros os hemos engendrado nosotros, para vosotros mismos y para el resto de la ciudad, en calidad de jefes y reyes, como los de las colmenas, mejor y más completamente educados que aquéllos y más capaces.


Teoría del arte: critica al arte mimético

 

Otras formas de arte mimético

“Iris… a Helena… Hallóla en su palacio, donde ella un gran lienzo de púrpura tejía, un doble manto en el que bordaba numerosos trabajos de troyanos, domadores de potros, y de aqueos de broncíneas corazas pertrechados, los que por causa de ella iban sufriendo bajo las palmas de las manos de Ares.

Y plantándose cerca, díjole Iris, la de pies ligeros:

«Ven aquí, mi querida jovencita, para que hazañas veas portentosas, de troyanos, de potros domadores, y de aqueos de broncíneas cotas, que antes iban unos contra los otros” (Fragmento de la “Ilíada" de Homero)

 

En el texto de Homero se aprecia aabundancia de “imágenes” y detalles, para que el lector se “imagine”, se “ilusione”, sienta (falsamente) que esta viendo el lienzo. También con esa finalidad, el autor, habla por boca de sus personajes en el medio de la narración, “imita” a los personajes.

En el arte dramático, la mímesis (imitación), será mucho mayor que en la literatura homérica. Porque en la representación dramática, el actor, imita en todo momento un personaje.

 

Fragmentos del diálogo “República” (libro X)

-…No hemos de admitir en ningún modo poesía alguna que sea imitativa; y ahora paréceme a mí que se me muestra esto mayormente y con más claridad, una vez analizada la diversidad de las especies del alma.

-¿Cómo lo entiendes?

-… Esas obras parecen causar estragos en la mente de cuantos las oyen… Aunque un cierto cariño y reverencia que desde niño siento por Homero…, porque…, él ha sido el primer maestro y guía de todos esos pulidos poetas trágicos… Escucha, pues, o más bien respóndeme… ¿Podrás decirme lo que es en conjunto la imitación? Porque yo mismo no comprendo bien lo que esta palabra quiere significar.

-¡Pues si que, en ese caso, voy a comprenderlo yo! -exclamó…

-¿Quieres, pues, que empecemos a examinarlo partiendo del método acostumbrado?...

-Si…

-…hay una multitud de camas y una multitud de mesas.

-¿Cómo no?

-Pero las ideas relativas a esos muebles son dos, una idea de cama y otra idea de mesa

-Sí.

-¿Y no solíamos decir que los artesanos de cada uno de esos muebles, al fabricar el uno las camas y el otros las mesas de que nosotros nos servimos, e igualmente las otras cosas, los hacen mirando a su idea? Por lo tanto, no hay ninguno entre los artesanos que fabrique la idea misma, porque ¿cómo habría de fabricarla?

-De ningún modo.

-Mira ahora qué nombre das a este otro artesano.

-¿A cuál?

-Al que fabrica él solo todas las cosas que hace cada uno de los trabajadores manuales.

-¡Hombre extraordinario y admirable es ése de que hablas!

-No lo digas aún, pues pronto vas a decirlo con más razón: tal operario o sólo es capaz de fabricar todos los muebles, sino que hace todo cuanto brota de la tierra y produce todos los seres vivos, incluido él mismo, y además de esto la tierra y el cielo y los dioses y todo lo que hay en el cielo y bajo tierra en el Hades.

-Estás hablando… de un sabio bien maravilloso.

-¿… no te das cuenta de que tú mismo eres capaz de hacer todo esto en cierto modo?

-¿Qué modo es ése?...

-No es difícil… si quieres tomar un espejo y darle vueltas a todos lados: en un momento harás el sol y todo lo que hay en el cielo; en un momento, la tierra; en un momento, a ti mismo y a los otros seres vivientes y muebles y plantas y todo lo demás de que hablábamos.

-Si…; en apariencias, pero no existentes en verdad.

-Linda y oportunamente sales al encuentro de mi discurso. Entre los artífices de esa clase está sin duda el pintor; ¿no es así?

-¿Cómo no?

-Y dirás, creo yo, que lo que él hace no son seres verdaderos; y, sin embargo, en algún modo el pintor hace camas también. ¿No es cierto?

-Sí…; también hace una cama de apariencia.

-¿Y qué hace el fabricante de camas? ¿No acabas de decir que éste no hace la idea, que es, según conveníamos, la cama existente por sí, sino una cama determinada?

-Así lo decía.

-Si no hace, pues, lo que existe por sí, no hace lo real, sino algo que se le parece, pero no es real…

-No…

-Conforme a lo dicho resultan tres clases de camas: una, la que existe en la naturaleza [en el mundo ideal], que, según creo, podríamos decir que es fabricada por Dios, porque, ¿quién otro podría hacerla?

-Nadie, creo yo.

-Otra, la que hace el carpintero.

-Si…

-Y otra, la que hace el pintor; ¿no es así?

-Sea.

-Por tanto, el pintor, el fabricante de camas y Dios son los tres maestros de esas tres clases de camas.

-Sí, tres…

-Y fue porque Dios… quiere ser realmente creador de una cama realmente existente y no un fabricante cualquiera de cualquier clase de camas, por lo que hizo ésa, única en su ser natural.

-Es presumible.

-¿Te parece, pues, que le llamemos el creador de la naturaleza de ese objeto o algo semejante?

-Es justo…

-¿Y qué diremos del carpintero? ¿No es éste también artífice de camas?

-Sí.

-Y el pintor, ¿es también artífice y hacedor del mismo objeto?

-De ningún modo.

-Pues ¿qué dirás que es éste con respecto a la cama?

-Creo que se le llamaría más adecuadamente imitador de aquello de que los otros son artífices…

-Pues eso será también el autor de tragedias, por ser imitador: un tercero en la sucesión que empieza en el rey y en la verdad; y lo mismo todos los demás imitadores.

-Tal parece.

-De acuerdo, pues, en lo que toca al imitador; pero contéstame a esto otro acerca del pintor: ¿te parece que trata de imitar aquello mismo que existe en la naturaleza, o las obras del artífice?

-Las obras del artífice

-¿Tales como son o tales como aparecen? Discrimina también esto.

-¿Qué quieres decir?

-Lo siguiente: ¿una cama difiere en algo de sí misma según la mires de lado o de frente o en alguna otra dirección? ¿O no difiere en nada, sino que parece distinta? ¿Y otro tanto sucede con lo demás?

-Eso; parece ser diferente, pero no lo es.

-Atiende ahora a esto otro: ¿a qué se endereza la pintura hecha de cada cosa? ¿A imitar la realidad según se da o a imitar lo aparente según aparece, y a ser imitación de una apariencia o de una verdad?

-De una apariencia -dijo.

-Bien lejos, pues, de lo verdadero está el arte imitativo; y según parece, la razón de que lo produzca todo está en que no alcanza sino muy poco de cada cosa y en que esto poco es un mero fantasma. Así decimos que el pintor nos pintará un zapatero, un carpintero y los demás artesanos sin entender nada de las artes de estos hombres; y no obstante, si es buen pintor podrá, pintando un carpintero y mostrándolo desde lejos, engañar a niños y hombres necios con la ilusión de que es un carpintero de verdad.

-¿Cómo no?

-Y creo, amigo, que sobre todas estas cosas nuestro modo de pensar ha de ser el siguiente: cuando alguien nos anuncie que ha encontrado un hombre entendido en todos los oficios y en todos los asuntos que cada uno en particular conoce y que lo sabe todo más perfectamente que cualquier otro, hay que responder a ese tal que es un simple y que probablemente ha sido engañado al topar con algún charlatán o imitador que le ha parecido omnisciente por no ser él capaz de distinguir la ciencia, la ignorancia y la imitación.

-Es la pura verdad -dijo.

-Por tanto, visto esto, habrá que examinar el género trágico y a Homero, su guía, ya que oímos decir a algunos que aquéllos conocen todas las artes y todas las cosas humanas en relación con la virtud y con el vicio, y también las divinas; porque el buen poeta, si ha de componer bien sobre aquello que compusiere, es fuerza que componga con conocimiento o no será capaz de componer. Debemos, por consiguiente, examinar si éstos no han quedado engañados al topar con tales imitadores sin darse cuenta, al ver sus obras, de que están a triple distancia del ser y de que sólo componen fácilmente a los ojos de quien no conoce la verdad, porque no componen más que apariencias, pero no realidades…

-Hay que examinarlo puntualmente -dijo.

-¿Piensas, pues, que si alguien pudiera hacer las dos cosas, el objeto imitado y su apariencia, se afanaría por entregarse a la fabricación de apariencias y por hacer de ello el norte de su vida como si no tuviera otra cosa mejor?

-No lo creo.

-Por el contrario, opino que, si tuviera realmente conocimiento de aquellos objetos que imita, se afanaría mucho más por trabajar en ellos que en sus imitaciones…

-Eso pienso, porque son muy distintas la honra y el provecho de uno y otro ejercicio.

-Ahora bien, de la mayoría de las cosas no hemos de pedir cuenta a Homero ni a ningún otro de los poetas, preguntándoles si alguno de ellos será médico o sólo imitador de la manera de hablar del médico; cuáles son los enfermos que se cuente que haya sanado alguno de los poetas antiguos o modernos, tal como se refiere de Asclepio… ¿Y qué guerra se recuerda que, en los tiempos de Homero, haya sido felizmente conducida por su mando o su consejo?

-Ninguna.

-¿Afirmamos, pues, que todos los poetas, empezando por Homero, son imitadores de imágenes de virtud o de aquellas otras cosas sobre las que componen; y que en cuanto a la verdad, no la alcanzan, sino que son como el pintor de que hablábamos hace un momento…

-A esta confesión quería yo llegar cuando dije que la pintura y, en general, todo arte imitativo hace sus trabajos a gran distancia de la verdad y trata y tiene amistad con aquella parte de nosotros que se aparta de la razón, y ello sin ningún fin sano ni verdadero.

-Exactamente -dijo…

-Pero todavía no hemos dicho lo más grave de la poesía. Su capacidad de insultar a los hombres de provecho, con excepción de unos pocos, es sin duda lo más terrible.

-¿Cómo no, si en efecto hace eso?

-Escucha y juzga: los mejores de nosotros, cuando oímos cómo Homero o cualquier otro de los autores trágicos imita a alguno de sus héroes que, hallándose en pesar, se extiende, entre gemidos, en largo discurso o se pone a cantar y se golpea el pecho, entonces gozamos, como bien sabes; seguimos, entregados, el curso de aquellos efectos y alabamos con entusiasmo como buen poeta al que nos coloca con más fuerza en tal situación.

-Bien lo sé, ¿cómo no?

-Pero cuando a nosotros mismos nos ocurre una des gracia, ya sabes que presumimos de lo contrario si podemos quedar tranquilos y dominarnos, pensando que esto es propio de varón y aquello otro que antes celebrábamos de mujer.

-Ya me doy cuenta -dijo…

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